
El hombre que entra a caballo transportando el cadáver resulta ser un cazador de recompensas interpretado por Henry Fonda . El personaje entra en la oficina del sheriff, encarnado por Anthony Perkins, para cobrar su recompensa, y se ve en la obligación de permanecer en el pueblo durante unos días hasta que se resuelvan todos los trámites legales que le permitan cobrar su dinero.
El sheriff interpretado por Perkins, lo es temporalmente, hasta que se consiga un hombre mejor preparado, pero mientras tanto debe serlo él, y no tiene mucha experiencia. Le cuesta un mundo conseguir retener a los criminales e imponer el orden. En uno de sus lances recibe la ayuda del personaje de Fonda y entre ellos nacerá una relación de maestro y alumno absolutamente maravillosa y totalmente insólita en el género. Si bien es cierto, que en muchas películas hemos visto como alguien enseña a disparar a otro vaquero más neófito, no es tan habitual ver esa docencia eminentemente práctica aplicada a otros ámbitos de la vida , como sí ocurre en esta maravillosa película. Fundamentalmente lo que el personaje de Fonda enseña es a juzgar a las personas, a saber interpretar las situaciones, a hacerle notar al neófito sheriff que un arma es una herramienta que maneja una persona a la que tiene que vigilar, y sobre todo le enseña a no precipitarse y a tomarse un momento de pausa antes de disparar. Como veis toda una lección práctica, y a su vez toda una lección de vida.
Se trata de un western con muy poca violencia, apenas un par de duelos y una situación de caza de unos prisioneros, pero lo que realmente importa aquí es la relación entre los personajes, y no únicamente la que mantienen los dos personajes masculinos. El personaje de Fonda, al no encontrar alojamiento(es un cazador de recompensas y no están muy bien vistos), se aloja en casa de una mujer viuda que tiene un hijo, niño mestizo , ya que su difunto padre era un indio. Lógicamente entre Henry Fonda y el personaje que interpreta magníficamente Betsy Palmer surgirá una historia de amor, pero su desarrollo difiere sobremanera del de la gran mayoría de películas que nos puedan venir a la cabeza. En este caso no hay ni tan siquiera un beso, y ni falta que hace, tan sólo con las miradas de ambos el espectador puede darse cuenta de que está ante una bellísima historia de amor resuelta con una enorme elegancia por Anthony Mann.